2007-08-28

GRACE PALEY

Ya sé que se ha muerto Umbral, que un hombre tan lleno de sí que por eso mantengo el reflexivo: era capaz de morirse a si mismo. Umbral escribía como meaba, meó "mortal y rosa". Hablaba como si un ventrilocuo pusiera voz a una estatua y dijo cosas inolvidables como que el festival de eurovisión era democristiano y que había visto a Aznar paseando por Valladolid con un loden.

Para la mayoría de la gente, la muerte de Umbral será invisible, sepultada detrás de la de Puerta.

Yo aporto mi propio cadáver. Anteayer, El PAIS publicó la necrológica de Grace Paley, que me gustaría reproducir, pero no puedo (sólo accesible hoy a través de premium, que no tengo). Para mí, Grace Paley, que siempre escribía en palabras menores, son palabras mayores.

Compré dos veces "enormes cambios en el último minuto" y las dos veces lo regalé. Ningún arrepentimiento, pero estuve vagando por las librerías mucho tiempo volviéndolo a buscar. Hasta que Anagrama publicó los cuentos completos.

Grace Paley escribió ese libro en 1974, cuando ella tenía 52 años y yo 10. Aunque suele usarse como modelos a los coetáneos, la diferencia de edad no importa para aprender la lección imprescindible: estilo. Después de conocerla, lo que me apetecía era ser un ama de casa lúcida de Nueva York, lo cual, en si mismo, ya abre mucho la mente.

Transcribo, tecleándolo (letra a letra), el primer cuento de ese libro, según la traducción de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez, que espero que no se enfaden porque, al fin de cuentas, es publicidad.


Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.
Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.
Él dijo. ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.
Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.
La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tendido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.
Mi ex marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, qeu tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.
Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños. luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no nos conociésemos. Pero tienes razón. Debaría haberles invitado a cenar.
Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpió mi expediente, que es exactamente lo que jamas harán las otras burocracias municipales y/o estatales.
Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta.
Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido.Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la pared que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.
Eso fue cuando éramos pobres, dije.
¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.
Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé.Los niños iban a las colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas.
Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.
No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.
¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. la verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta. Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.
A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, pasaran por la garganta y llegaran hasta al corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras de la biblioteca y él se fue.
Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí el interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.
Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.
Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.
Hubiera querido estar casada para siempre con la misma persona, bien mi ex marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades de un hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.
Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.
¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de la manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.

13 comentarios:

á. dijo...

Un texto crudo, impresionante. Gracias. Me gusta también la introducción que haces. No sabía que en Nueva York había amas de casa.

Loiayirga dijo...

Dices que lo trascribes tecleándolo letra a letra. No sé si lo hiciste por disfrutar de nuevo del cuento. Por escribirlo tú, aunque fuese copiándolo.

Si no fue esa tu motivación, antes de copiar un texto puedes buscar en la red para saber si ya alguien lo trascribió. Yo lo hago mucho con textos de filósofos que voy a dar a los alumnos. Pruebo en Google copiando un trocito del texto entre comillas. En el caso del cuento de Palley, a quien no conocía, han aparecido dos páginas. Una de "el mundo" y otra de "pagina12.com".

TE hubiera sido más fácil cortar y pegar. Te lo cuento por si te puede ser de utilidad en alguna otra ocasión. Esto de Internet es fantastico y yo sigo alucinando con lo muy disponible que parece estar todo. O casi todo.

Loiayirga dijo...

Buscando más cosas sobre ella me encuentro lo siguiente:

"La supradicha es el exponente cabal de aquella afirmación de Cortázar (gran afirmador: a menudo, mejor afirmador que cuentista) según la cual el novelista es un narrador que gana por puntos y el cuentista, uno que gana por K.O."

No estoy de acuerdo. A mí Cortazar me gusta mucho como cuentista.

Loiayirga dijo...

No puedo resistirme a poner aquí un microrelato de Cortazar, o un cuento, o un divertimento, o lo que sea. Lo hago gracias a mi excelente memoria (recordaba una frase textual) y al corta y pega antes mencionado.

PATIO DE TARDE.
"A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y mueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia. Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira.
Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas.
Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada."

Quizás ya te lo hice leer en nuestra lejana juventud salmantina. jajajajajaj. Me repito como los viejos. En realidad ya sabes que yo he leido cuatro cosas y les saco todo el partido posible, que es bastante.

Marcos dijo...

Loiayirga dijo:

"En el caso del cuento de Palley, a quien no conocía,"

Sigues sin conocerla, sobra una ele.

raquel dijo...

Me gustaría sentarme en una escalera y sentir, no que las cosas se solucionan ¿qué es eso?, sino que se aclaran.

Loiayirga dijo...

Ángel, no nos tengas en ayunas, coño.
Escribe algo de Umbral aunque sea.

Loiayirga dijo...

De acuerdo, podemos seguirte en el blog "el futbol es ansí" (aunque yo me creía que era "asín") pero ¿y a los que no nos gusta el futbol?

devisita dijo...

Me han entrado muchas ganas de leerlo. Me compraré el libro. Salvo que Angel quiera regalarmelo...

devisita dijo...

Pues no hay libro. Miraré por internet porque esto de vivir en las colonias es lo que tiene.

CresceNet dijo...

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don´t dijo...

Ahora que el Madrid comienza su declive, ¿vas a empezar a meterte con los pobres curas?.

Anónimo dijo...

Qué bien estaría encontrar en la web los cuentos completos de Paley, está agotado el libro y no se reimprime... y los que llegamos tarde a Paley lo lamentamos...
Si alguien conoce dónde puedo descargarlo, o lo tiene digitalizado, avisen!
Saludos

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